Sus ojos verdes

(Esto es una página apta para románticos).

No sé cómo empezar esta carta…

Normalmente empiezo con «Hola» o «Querido/a». Pero aquí… No sé. Estas dos últimas palabras puede que te las encuentres a menudo en mis conversaciones, y también puede que te encuentres cosas escritas a mano.

Así que, aún no me he presentado y ya te estoy diciendo que no soy una de esas personas que lo tiene todo claro, y que tendrás que aprender a leer mi letra si quieres entrar en mi mundo.

No sé si es buena manera de empezar por mi parte… ¿Ves? Acaban de aparecer las «dos palabras».

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Si te digo la pura verdad sobre mí, es que soy una especie de máquina de fracasar.

He fracasado en todo (mira que esto es difícil, pero yo lo he conseguido) lo que realmente quería hacer en la vida.

Aunque tampoco es que haya tenido nunca realmente claro lo que quería. ¿Esto también cuenta como fracaso?

Bueno, estoy viva, y eso debe ser por algo, para algo.

He triunfado en dos cosas de las que me siento orgullosa:

UNA:

Dejé de fumar con treinta y tantos… Sin recaer ni una sola vez. Excepto cuando sueño que estoy en una boda y me fumo un cigarrillo a escondidas. En el sueño, siempre en el mundo onírico. No en este.

DOS:

Me fui sola de viaje a un país que estaba muy muy lejos de casa. Algo más de dos meses. Y me las apañé sorprendentemente bien. De esto me siento «orgullosa como una rosa».

Uf…

La ventaja de esta carrera mía hacia el estrellato es que no me queda casi nada importante en lo que fracasar.

Me gusta pensar que, a partir de ahora, por razones de tiempo y energía ya no podré pifiarla en todos los rincones de mi vida, como antes, a todas horas.

Y eso me alivia.

Hace poco gasté el último cartucho de mi escopeta romántica-vital y cerré mi anticuario. Le dije a ella, a mi tienda:

«Oye, no te sientas mal, ahora estamos estancadas, es mejor buscar otro camino para avanzar. Tú eres yo, así que estás en mí en todo lo que haga desde hoy. Vamos a guardar las cosas, bien ordenadas, y a empezar algo nuevo ¿vale? Pero que no se te olvide que tú eres yo».

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Alguien me ha dicho: «Dios mío, te complicas demasiado la vida. Deberías dedicarte a escribir poesía con un lápiz y una libreta y ya está».

Una amiga me dice: «Tienes que salir al mundo».

Desde que metí la pata en todo por empeñarme en escuchar los consejos de los demás, no escucho a nadie. Tapones.

Pero en estos dos últimos casos, es como si estuviera hablando yo. Tan solo dicen en voz alta estas dos personas lo que yo venía tramando hace tiempo.

Sí, voy a escribir.

Sí, voy a salir al mundo.

Mi escopeta romántica-vital no sabía que yo guardaba un cartucho de emergencia…

Ya he escrito alguna cosa…

Te iré contando sobre mi mundo, el que voy a sacar de paseo. Y si quieres, puedes estar cerca:

Botón estar cerca

Nací en el sur de España, pero empecé a latir en las Antípodas.

Fue en un viaje que hice para encontrarme, después de perderme continuamente.

Ese viaje no me cambió la vida. Ni hubo un progreso espectacular en mi existencia.

Sí sentí que la vida era mucho más profunda y grande de lo que yo creía. Solo eso ocurrió. Lo vi y lo sentí. Nada más.

Suficiente.

Era suficiente para incomodarme por el resto de mis días.

Y aquí estoy. Totalmente incómoda, porque yo soy de un barrio, de una plazoleta, de un patio, del campo… No soy de internet.

Vengo de unos padres románticos y de una casa del siglo XVI, donde todo, excepto los electrodomésticos, es de otra época que no es el futuro.

La casa no es heredada. Es sudada.

Me crié entre albañiles y carpinteros durante los años que duró la restauración del edificio, y con niños de todas las clases y familias posibles en el colegio del barrio.

En la calle jugábamos con la arena de las obras, con las piedras, palos, tierra; nos colábamos en las casas abandonadas, y teníamos cuidado en el parque de no pisar las jeringuillas de los drogadictos. Jugábamos hasta el fin del día y las fuerzas, sin parar.

Esta parte de la infancia fue un desafío para mí. Fue   e m o c i o n a n t e.

Con doce años me cambié a un colegio de monjas donde nada era intenso, como en el otro colegio. Era más bien uniforme, como sus faldas de cuadros.

A partir de aquí…

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Me llamo Lola C.C.

Alguien me dijo una tarde que yo era una «fantasiosa».

Y he pensado que, si esa gracia o desgracia está en mí, en mis células, debería sacarle provecho.

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Me gustan las ruinas

Veo un cortijo abandonado y devorado por la Naturaleza y siento algo muy fuerte. Algo bueno. En esa decadencia solo veo posibilidades y esperanza de poder ser revivido. Como un Frankenstein arquitectónico esperando su rayo. El que le haga abrir los ojos.
Me gusta Frankenstein (la criatura). Es puro. Tiene el corazón limpio.

Yo miro las ruinas, la Naturaleza, a los antiguos y su vida, el arte… Las historias pequeñas que prenden mi imaginación…

Me gusta pintar, inventar, diseñar. Soñar. Verbos todos muy bonitos.

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Antes de publicar mi primer y único libro libro, pasé unos días en una increíble ciudad del interior de España.

Me invitaron a un cumpleaños lleno de personas encantadoras, alegres y cariñosas. No conocía a nadie pero me sentí realmente acogida, como en familia.

Me alojé en una posada de hace cuatro siglos que aún conservaba su alma. Nadie le había hecho la cirugía estética. Solo le lavaron la cara y dejaron su belleza sin tocar.

Perdona, que me estoy yendo…

Estaba yo desayunando con unas vistas que humedecían los ojos, y a la vez escribía. Precisamente, parte de lo que lees aquí.
Cerca mía desayunaban una señora y su esposo. Ella me preguntó: «¿Es usted escritora?».

–Me encantaría, la verdad. Estoy en ello. Ahora mismo estoy en ello –le contesté sorprendida.

Me emocionó su pregunta. Ni si quiera me la había hecho yo alguna vez.

Libro libro

La primera historia que escribí fue hablada porque aún no sabía ni coger un lápiz entre mis manos.

Se la conté a mi abuelo paterno cuando ya le quedaba poco tiempo. Iba sobre un «gatero». Yo tenía tres años y no me acuerdo de nada. Solo sé que el protagonista era un «gatero» y que a mi abuelo le gustó. Porque intentaron llevarme de su lado para que no le molestara y él insistió en que quería escuchar mi historia. 

Entré en el colegio tarde y fui la última de la clase ese curso. Aprendí a leer y escribir con dificultad. Luego cogí carrerilla y me volví una empollona.

No jugaba con juguetes ni muñecos, solo escribía cuentos y minihistorias, las vivía. Dibujaba y hacía cosas que luego vendía. Le vendía mis dibujos a mi hermana para que los coloreara. Ella, a pesar de esto, siempre me ha querido… Unas veces más que otras.

Tenía un amigo sincero que me captaba a la perfección. Y con él podía ser quien yo quisiera. Siempre. Un día te hablaré de él…

En la adolescencia escribí miles de páginas y lágrimas. Escribí hasta desfallecer de amor y desamor. Hasta que mis sueños se secaron.

Incluso, ya sin sueños, seguí escribiendo. Porque aprendí a gritar en el papel. Algo muy prártico, como dirían las viejecillas de mi barrio.

Eso me salvó.

Aunque también me salvó otra cosa… Es algo que se hace con la mente y no con las manos. Y se llama «imaginar».

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Soy natural y analógica. Creo que pertenezco a una época inventada por mí donde las máquinas son mecánicas y los hombres son humanos.

Pero parece que me he despertado en un mundo distinto, en otra era… He de vivir aquí ahora, a menos que me despierte en la era de mi imaginación después de esta noche.

Aún no ha pasado.

No lo descarto.

Mientras, estaré presente en tu vida mediante esta vía y mediante mis libros, mis escritos en papel. Podrás tocar y oler mis palabras y no solo verlas y oírlas…

¿Por qué hago esto? ¿Por qué estoy aquí en internet?

Una vez, siendo yo pequeña, fui a pasear de la mano de mi abuelo (al que le conté la historia del «gatero» no, el otro). En realidad él había quedado con alguien de su familia y discutieron en medio de la calle fuertemente. Era por su herencia…

Me impresionó mucho aquello y creo que en ese instante, a mi manera infantil e ingenua, decidí que quería ganar mi propio dinero, yo, sin depender ni esperar nada de nadie. Sentir esa libertad.

Mi camino no ha sido fácil en este sentido y ahora es el momento de realizar este anhelo.

Y lo hago gracias a mis palabras.

«Tienes que salir al mundo, Lola».

Lo hacen mis palabras. Y yo con ellas.

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«Shhhhh…»

Si quieres seguir escuchándolas y leyéndolas, suscríbete y te mandaré correos donde te hablaré de mi mundo, el de adentro. Que no es perfecto, pero te aseguro que tampoco es pequeño.

Y en estos correos te voy a ofrecer lo que haga. Por ahora es mi libro.

Cerradura y texto
llave
llave y texto

Si te suscribes, si coges la llave, entras. Y cuando quieras, sales, te das de baja. 

Precioso día. Lola c. c.

A su debido tiempo te contaré por qué se llama así este lugar.

«¿Es porque tienes los ojos verdes?»

Eso lo dejo en el aire. Aunque te adelanto que no va por ahí la cosa.

Y hay algo más, algo muy privado por lo que hago esto. Se queda conmigo.

Lola C.C. – ©2025 | Designed by: Masala Solutions
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